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viernes, 20 de noviembre de 2009

La tercera edad, por Dante Cacchione


Como todo en la vida, la expresión “la tercera edad” tiene la interpretación subjetiva de cada individuo. ¿Cuándo comienza esa etapa del hombre, a los cincuenta, sesenta, setenta, los ochenta? Cuántas veces escuchamos la expresión: “ese muchacho es un viejo” expresada por su inercia, por su pesimismo, por su falta de proyectos, donde su futuro es un vacío como su vida presente. En cambio, otras personas en que el almanaque del tiempo los tapa con sus añosas hojas, llevan una vida activa, llena de esperanzas, de proyectos, el tiempo les corre más rápido y carecen de páginas enmohecidas.
Los filósofos de la vida, bautizan de mayores a éstos últimos y viejos a los primeros, sin importar quien tiene más o menos años y fácilmente los distinguimos, pues en los mayores sus arrugas son hermosos adornos que fueron dibujadas por la dulzura de sus sonrisas y en los viejos rígidas deformaciones marcadas por la amargura y la desesperanza.
Y sigue diferenciando el filósofo ambas personalidades: Eres viejo si solamente tienes “ayeres” y nostalgias de pasado, cuando solamente descansas y tienes celos. Eres mayor cuando todavía aprendes, cuando te ejercitas, cuando sueñas.
Para el mayor, el día de hoy es el primero del resto de su vida y lucha por lo que le queda. Para el viejo, ese mismo día es el último de su vida y sufre porque presiente la muerte El mayor tiene su vista en el nacimiento del sol que ilumina la esperanza, en el perfume de una flor, en la sonrisa de una mujer, en cambio el viejo con su miopía, mira las sombras y dolores de su pasado que le hacen tambalear el caminar del presente.
El tiempo enferma el cuerpo, la vejez enferma el alma.
Con todo lo dicho, no puedo ocultar de ningún modo, que la vida hermosa, la vida larga, la vida con sentido es la del mayor. ¡Huye del oscuro vivir del viejo!
Siguiendo este autoconsejo semanalmente me reúno con los mayores del Taller Literario, que me elevan al cielo de la comunicación, de la alegría, de la amistad. Pero me queda una duda, ¿Qué soy para ellos? ¿Viejo o mayor?

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El retorno, por Dante Cacchione


Rosa y Andrés, joven matrimonio sin hijos, viven normalmente como muchas parejas, con todas las vicisitudes propias de nuestra época. Él es hijo único, de temperamento dócil, introvertido, casi pusilánime. Rosa de carácter complementario al de Andrés, discutidora, activa, decidida
Completa el grupo familiar, la mamá de Andrés, su suegra, persona mayor, que ha quedado viuda joven, de carácter fuerte, que hace un verdadero oficio de la observación y crítica destructiva. Como es de esperar, ambas mujeres desde el primer día de convivencia comienzan a chocar. La mujer mayor, considera que su hijo es una víctima de su nuera.
Según pasa el tiempo, las relaciones se hacen insoportables. La anciana con gran placer, persigue y martiriza a Rosa, critica como se viste, como limpia la casa, como se peina y tiñe. De las amigas de la nuera, siempre emite un juicio descalificador.
Cierta noche que el matrimonio sale para una reunión social, la querida suegra despotrica por el vestido que lleva y sobre todo por el peinado y tintura, como nunca lo ha hecho, demostrando el tremendo celo que tiene por su nuera. Rosa no contesta al ataque, y con el rostro sofocado por la ira, toma a su indiferente esposo por el brazo y se retiran apresuradamente del comedor mientras la suegra queda hablando sola.
Una mañana fría de agosto, la suegra amanece sin vida, dejando el envase de su cuerpo que la cobijó más de ochenta años. Rosa tiene un dolor, una angustia, que roza a la desesperación, pues en el fondo de todo su sentir siente un alivio, que le parece inhumano.
Después de la primera semana, Rosa siente la presencia de la anciana, escucha los pasos por las habitaciones vecinas y su tos ahogada en el baño. En su “semisueño”, cree percibir la mirada de alguien al pie de su cama, luego un peso sobre todo su cuerpo, que casi la sofoca, que le impide todo movimiento, ahogando su voz, mientras la huesuda mano acaricia con cierta vehemencia su cabeza, hasta que al fin la sombra que la aplasta desparece. El pusilánime del esposo no cree todo este cuento y en un tono desacostumbrado le pide que no diga estupideces y lo deje dormir
Estos hechos se repiten dos o tres veces por semanas, pero una noche, Rosa, tratando de conciliar el sueño que ya le costaba mucho, vuelve a sentir el peso que la aplasta y con terrible pavor y gran esfuerzo abre los ojos y casi sofocada, pregunta muy tenuemente -¿Qué quieres? La mano huesuda acariciando y tirando del cabello hasta el dolor, acercando su espectral rostro, murmura a su oído con voz de ultratumba: -¡tu peinado y tintura dan asco, asco…, volveré todas las noches hasta que te lo cambies. Impresionada por esta comunicación, al otro día, Rosa decide cambiar el peinado y tintura, de acuerdo a como ella siempre le indicara que lo hiciera, y en una exclamación de agotamiento grita: ¡ni muerta me deja tranquila…¡
A partir de esa noche, Rosa no recibe nunca más la visita de su querida suegra
Que esto se crea o no, queda en cada uno, pero que hay suegras que tienen que quedarse si o si en el infierno, no hay dudas y a muchas nueras, ni dejarlas que se reciban de suegras.



lunes, 18 de agosto de 2008

El personaje del bar, por Dante Cacchione


Como siempre, por cuestiones laborales, llego algunos minutos más tarde a la clase del taller literario, pero esa mañana con gran sorpresa mía, la misma se desarrolla en el bar vecino a nuestra clase, pues así lo ha dispuesto la profesora Virginia por el tema a plantear. El bar está relativamente ocupado, grupos reunidos en mesas charlan animadamente, otros hojean el matutino del día, algunos saborean el café, en fin no hay específicamente algo que llame la atención. Nuestra profesora Virginia, con incipiente nerviosismo, nos invita, como tema consigna, a crear un personaje sobre la inspiración que nos transmita algún presente.

Frente a mi, se ubica mi compañera, mesa intermedia, Malena. Charlamos de generalidades propio del momento, pero lanzando cierta mirada al resto del recinto, como buscando ya el motivo de nuestro escrito..Mientras converso con ella, tomo conciencia que durante la conversación, su mirada no se dirige a mi persona, a mis ojos, sino que el haz visual, pasa tangente por mi costado izquierdo. Me habla a mí, pero su atención esta detrás de mí.

-¡Extraordinario, que bárbaro! -exclama de pronto Malena- esa persona sentada en esa mesa, qué parecido extraordinario que tiene con el dirigente de la Federación Agraria Eduardo Bussi, tiene casi su misma estampa de hombre inteligente, simpático, elegante. y con la voz del famoso Oscar Casco, de las radionovelas del cincuenta.

Quemado por la curiosidad, giro ciento ochenta grados y en mi retina se clava la imagen del seudo Bussi.. Mi imaginación no capta ni lejanamente tal personaje y luego de unos segundos, mi subconsciente envía a mi percepción, la imagen casi idéntica de un ex profesor de la facultad, con características diría opuestas a las descriptas por Malena. Ególatra, sarcástico, de una violencia expresada con ironías y burlas, con lo que rubricaba su poder.

Malena lo sigue mirando, quizás espera que en un entrecruce de miradas se deslice un imperceptible saludo, que la transporte seguramente al sublime sueño de las idealizaciones, no del dirigente de palabras justas, ademanes medidos, estampa gauchesca, sino del hombre, del simple hombre sin títulos , cargos, honores, posición y donde resaltan o no las reales virtudes.

En cierto momento, se abre la puerta de ingreso y entran cinco hombres, que saludan con gran entusiasmo al personaje de nuestra historia. Esa pequeña muchedumbre llama la atención de los presentes por los adornos de aros, vestimenta que portan y por los ademanes que realizan al hablar.

De pronto, el Bussi de Malena, o el profesor de mi carrera, levanta su brazo derecho y con voz aguda, solicita silencio, evidente que desea emitir algunas palabras. Rodeado por los recién llegados, comienza su exposición -Señores, nosotros (y señala a los que le rodeaban) somos de la comisión Central de Gays Unidos de la Ciudad de Rosario y venimos a este local, donde continuamos nuestros ciclo de divulgación en...

En ese momento la miro a Malena, que refleja una sonrisa de frustración, mientras que la mía es de indiferencia, pues me viene el decir del filósofo, “la realidad es la única verdad".

¿ Cuál? ¿La de ella, la mía, la final o todas, como en la física cuántica?


Dante Cacchione



Estimado Juan Carlos, por Dante Cacchione



El primer día que ingreso al taller literario, la querida profesora Virginia, me ubica en la cabecera de la mesa donde están los alumnos del taller desde donde puedo apreciarlos, situados a ambos lados de la misma. No se si es un privilegio, pero realmente me siento cómodo.

Pasados las presentaciones, la primera sorpresa me da fuerte golpe en el rostro: ¡eres el único varón acompañado por siete damas!

Te darás cuenta que comienzo a componer las hipótesis causantes de esta desigual reunión de sexos. La primera, dada por tu ubicación, centro de mesa, y cercana a todas, me sugiere que pertenecés al gremio de ellas; la otra, que sos un árabe disfrazado de gringo, con su harem en viaje de bodas. A la siguiente clase desecho ambas hipótesis, porque así me lo sugiere la realidad, y me nace la tercera. Si bien no sos el David de Miguel Ángel, que en su desnudez muestra su potencial (pequeño pero atrayente), cosa que seguramente no pueden apreciar las damas en vos pero sí imaginarlo, constituís para ellas una devoradora atracción, y entonces te reducen a una simple carnada en medio de una banda de “famélicas” palometas que tratan de devorarte. Por ello, surgen en mi, sensaciones de lástima, angustia e impotencia por tu porvenir. Nuevamente las vivencias de las sucesivas clases, me revelan lo errado de mis hipótesis: no sos “bendito tú eres entre todas las mujeres” ni cien mujeres podrán doblegar tu persona, (a lo mejor una, y quizás te preguntarás para que); no sos pusilánime ni “chupamedias” de la profesora Virginia, que con el respeto profesora-alumno, discutis las calificaciones que te asigna, sobre todo en conducta por considerarla injusta.

Bueno Juan Carlos, contento con la realidad que me rodea, doy por terminado mi mensaje epistolar (no se refiere a pistolas), diciéndote que luego de haber bebido del licor de la verdad, te felicito por tus escritos, que con todo derecho, deseás leer primero, a velocidades supersónicas para que no te los copien, y aclararte que las damas que nos acompañan no son palometas sino excelentes señoras escritoras, perdón, que escriben como nosotros, sin otros confusos intereses hacia tu persona.

Con todo cariño .

Dante

30/7/08

sábado, 26 de julio de 2008

La violación, por Dante Cacchione


Acostado sobre mi vieja cama de matrimonio, con los brazos tras la nuca, con los ojos fijos en el blanco cielorraso, pero sin verlo, corren mis pensamientos por los pasados tiempos en que los jóvenes, donde me incluyo, aspirábamos a consolidar las relaciones con el sexo opuesto, “llegamos a la edad de formar el hogar”, como se decía entonces, y de acuerdo al marco ético, moral, de buenas costumbres, etc. etc. imperantes.

Ese deseo implicaba cumplimentar una serie de circunstancias afectivas, formales y materiales, sin lo cual explicita o implícitamente, el entorno social te señalaba.

Los encuentros primarios de conocimientos entre ambos sexos, paso preliminar para el nacimiento de una relación afectiva, se realizaban en reuniones familiares, caseras, los famosos “asaltos”, casamientos, en algún club de barrio, culturales, acompañadas las jóvenes por el edecán de turno, madre, hermanos, tías, etc., cuya misión era observar, guiar, las relaciones de manera que todos los actos de ambos jóvenes, se encuadrase dentro de la “moral y buenas costumbres”.

Si las relaciones prosperaban, entonces él debía solicitarla a sus padres en forma “oficial,” y se formaba una ficha virtual del pretendiente, con el apellido, nombre, edad, hermanos, domicilio, profesión, trabajo, estado económico, etc. etc... Todo esto verificaban en forma discreta los interesados. A su vez, del lado del joven se reducía a preguntas de los padres, hermanos, tías : -¿ella no trabaja afuera?, ¿ella no es profesional?, ¿ella no tiene otro novio? Y la paradoja de la dialéctica hacía que todos estos negativos fueran signos positivos para ella. Pero a su vez estaban las preguntas positivas como: ¿sabe limpiar una casa?, ¿sabe hacer comida?, ¿sabe atender a un enfermo?, ¿sabe coser y tejer? etc. Aquí lo positivo se expresaba sin ninguna paradoja.

Si se aprobaban de ambas partes estos exámenes, se detallaba el cómo y el cuándo, ambos aspirantes, entraban en la etapa del noviazgo, que constituía el prolegómeno del final feliz que los novios y familias deseaban.

Es ésta, la parte de la relación donde los sueños, los anhelos, las dudas, se incluían en el cuadro del futuro, cuadro en el que intervenían los interesados y los naturales satélites de ellos, y que como los integrante de la legislatura, todos tenían el derecho a la palabra, al voto y hasta al veto.

El inexorable correr del tiempo nos acercaba, sin atenuantes, a la culminación ritual de esta relación; las mujeres preparaban su vestir, los hombres se medían sus trajes, los chicos y adolescentes se compraban ropa. Ambas familias se batían en una frenética agitación, pues debían preparar: fecha del evento, listas de invitados, testigos, padrinos, local para la reunión, animadores de la fiestas, menú, etc…etc.

Pero el tiempo inexorable, agotaba todas estas contingencias y a los actores principales le llegaba el momento que con emoción y euforia pronunciarían la tradicional expresión :”¡al fin solos”!. Ya ellos eran dueños de sus destinos, y de la incógnita que le depararía el futuro, que sería develada cuando ellos llegasen a ese futuro.

No deseo comparar con las relaciones que florece en la actualidad, porque como siempre lo expreso, la vida tiene una dinámica en su devenir, que es su continuo cambio y muy acelerados en los tiempos modernos y posmodernos, sin duda ayudado por la tecnología, básicamente las de comunicaciones. Hoy las relaciones de conocimiento entre ellos es más bien virtual, pues los chateos por computadoras, los teléfonos celulares, las grandes concentraciones en los festivales de rock, etc., son los promotores de ese conocimiento. Los protocolos de la relaciones de la vieja época, prácticamente murieron. Se forman las parejas, sin ningún trámite legal ni religioso.

Si económicamente tienen` posibilidades, lo hacen en forma independiente de sus lazos familiares, de lo contrario, cada uno en su casa, y la relación afuera, ya que en lo primeros tiempos todo es luna de miel.

Un golpe en la ventana, me vuelve a la realidad, mis ojos giran por el dormitorio, observando mis viejos muebles que los conservo desde mi unión con Elena, hace varias décadas. Ropero inmenso con espejo central, pesadas sillas estilo renacentista, un placard y dos mesitas de luz ubicadas en ambos costados de la cama. En el cajon de mi mesita, diviso una mezcla heterogénea de papeles, medicinas, llaves y un calzador, todo prolijamente desordenados. Luego observo la de Elena, llego a la conclusión de que no recuerdo haberla abierto nunca o al menos tener intención de hacerlo. Muchas veces la veo a ella, sentada en un costado de la cama, haciendo ataditos de papeles, cartas, algunas recetas.

Una profunda curiosidad me impulsa a indagar su contenido, quizás diría a violar sus secretos.

Abro el cajoncito, y veo un prolijo atado de unas veinte cartas, todas con mis letras, que seguramente le enviara durante el noviazgo, ya que ella vivía en una localidad a cien kilómetros de Rosario y me resultaba cómodo y satisfactorio hacerlo por ese medio, pues siembre me gustó “garabatear” escritos, más que hacerlo por el teléfono, aún en esa época con telefonista intermedia

Al leerlas, surgen las vivencias de ese tiempo, las planificaciones de nuestro futuro, y su contenido me hace presente que la vida ha sido generoso con mis aspiraciones, mientras un nudo emocional cierra mi garganta y un mundo dormido de ese feliz pasado se despierta en mi mente. En un rinconcito del mueble un pequeño sobre, con un “¡gracias!” escrito en su exterior, con la letra de Elena, me impulsa investigar su contenido.

Es un pequeño poema, que marca el cenit de mi emoción:

¡Siempre llegaré a ti!

Apágame los ojos ,seguiré viéndote

ciérrame los oídos, te seguiré oyendo

sin pies puedo llegar hasta ti

y aún sin boca, puedo invocar tu ser

Arráncame los brazos y te asiré

con el corazón cual una mano,

detén mi corazón y latirá mi cerebro

y si incendia mi cerebro

te llevaré en mi sangre

que en comunión divina

se unirá a la tuya.

Dante Cacchione

viernes, 18 de julio de 2008

El Negro, por Dante Cacchione



Como todos los sábados ingreso al predio del Club Universitario y cómodamente sentados en el bar del mismo, ya están esperándonos los compañeros tempraneros, que con efusivas manifestaciones de saludos celebran nuestra llegada.

Esta cita sabatina, se viene realizando por casi treinta años con integrantes originales, con incorporaciones y deserciones posteriores y en el balance general, indican disminución de integrantes con el tiempo, pero de ninguna manera cambian la ideología y sentido de la reunión, realizar el famoso “fulbito,” porque todos somos fervientes practicantes de este deporte. Aunque el club sea de rugby, es la excusa de la otra reunión de fondo, donde en ruidoso coloquio, volcamos al grupo un poco de alegrías, chanzas, tristezas, proyectos de nuestras vidas, y en ese momento olvidamos el frenesí desbocado de afuera, recibiendo nuestros espíritus pequeños estímulos que nos permiten, momentáneamente, aflojar las tensiones a que la rutina nos somete..

De pronto detenemos nuestra cháchara y dirigiendo la vista casi al unísono hacia el ingreso apreciamos la entrada del Negro, que con paso cansino y una sonrisa esbozada en sus labios, se acerca a nuestras mesas levantando su brazo en señal de saludo, y con un ¡hola! humilde, poco expresivo, y con el otro brazo apoyado sobre el hombro del compañero cercano, da por terminado el protocolo. Se sienta y el grupo reinicia la ágil charla mientras el Negro, con bajo perfil, conversa con su inmediato vecino mientras le pide al mozo el clásico café.

-Negro, lo interpela uno de los presentes, jugás o simplemente serás referee, como el sábado pasado, ¿ no estás mejor? – Mira, no me siento para correr, haré de referee- le contesta.

El grupo se dirige a los vestuarios, pero tanto él como yo, venimos ya cambiados, de manera que nos dirigimos a la canchita esperando al resto. -¿Te das cuenta Negro los años que venimos cumpliendo con este rito que se nos ha integrado a nuestras vidas, como el barrio donde vivimos, los viejos vecinos, el bar de Blanco, los tangos, el cine de barrio?.

El Negro, haciendo honor a su parquedad, y mirando al piso como si estuviera meditando me responde: - “Mirá Inge, eso que decís sobre el tiempo que venimos, es simplemente porque somos esclavos de la rutina, y si ella pone algún color a nuestras vidas, se eterniza, hasta que alguna razón le pone fin a esas vidas”. Me quedan esas palabras como premonitoras de algún futuro que hasta allí no interpreto. La conversación cesa, mientras observamos en la cancha vecina un encuentro de rugby y del cual él hace finas expresiones jocosas sobre ese juego de tanto roce.

Llegan el resto de los jugadores, se decide entre chistes, gritos, insultos, la selección de los dos equipos. El Negro mira con su rostro inescrutable, hasta que con un esbozo de sonrisa expresa:-“¡Qué pedazos de pelotudos!” y deja allí su decir. Se aproxima uno de los seleccionadores: -Negro, tomá el pito, pero como siempre tendrás que aguantar algunas puteadas, que es parte del folclore de esta reunión.

Comenzamos el juego y él se ubica en el centro de la cancha, desde donde controlará el partido pues es evidente que tiene dificultad de desplazamiento, situación que aumenta con el tiempo. Tiene una prótesis en una cadera y artrosis en la rodilla de la misma pierna, pero nunca le he oído exclamar una queja o impotencia por el dolor y desde mucho tiempo viene jugando en esas condiciones.

En un determinado momento, a unos metros de mi posición cae, sin que nadie lo toque. Lamentablemente no puede levantarse y nos acercamos para ayudarlo. No hay ninguna exclamación de queja, de fastidio, solamente su brazo izquierdo que pende como si no perteneciera al cuerpo. Sin agregar palabras comienza a retirarse acompañado por varios de los compañeros presentes. En mi ignorancia, antes de retirarse, le pregunto:

- Negro, seguramente un pinzamiento en las vértebras cervicales te produjo ese efecto en el brazo.

Lacónicamente me contesta: - No Inge, es otra cosa. Otra cosa…de la cual él ya está enterado. A partir de ahí, nunca más vuelve a la canchita de UNI.

Cuando pasado el tiempo nos enteramos de su mal, todo el grupo, individual o colectivamente intercambiamos correos electrónicos donde la ironía, la jocosidad, las cargadas, son el fondo de la argumentación y que él contesta de igual forma, sin hacernos partícipes del terrible drama que lo aqueja.

El 31 de mayo de 2007, tengo el triste honor de recibir la última contestación a mi correo del día 29, a pocos días de su fallecimiento. Un envío donde le digo: - Negro, el “fulbito” de UNI se va terminando, ya no vienen algunos fundadores, la renovación es pobre, otros no cumplen con asistencia regularmente.

En esa respuesta me dice, con la ironía característica de su personalidad reflejada en sus cuentos:

“ESTIMADO INGENIERO: TENGO LISTA MI COLABORACION MONETARIA PARA EL FINANCIAMIENTO DEL PANTEÓN DE LOS HÉROES FUTBOLEROS. RECOMIENDO QUE NO SE ESPERE LA DESAPARICIÓN FISICA DE ALGUNOS DE ELLOS PARA METERLO ADENTRO DE LA OBRA. SUYO.

“El NEGRO”

¿Quién, con su estado de salud hubiera tenido la fuera espiritual de mostrarse íntegro, sin problemas, y siguiendo el ritmo de la vida, evitando transmitir el peso de su tragedia a los que lo rodeaban? Entiendo que sólo un grande puede hacerlo, y él lo hizo, tanto en la vida como en la muerte.

¿Es necesario dar el apellido del Negro?


Quiero agradecer a mi profesora del Taller Literario, Virginia Guida, que en la clase del 15/7/08, con su consigna “Creando Personajes” fue el detonante para expresar del querido Negro, no una creación literaria, sino el recuerdo de una vivencia común con este gran amigo.

Dante Cacchione