miércoles, 16 de septiembre de 2009

El retorno, por Dante Cacchione


Rosa y Andrés, joven matrimonio sin hijos, viven normalmente como muchas parejas, con todas las vicisitudes propias de nuestra época. Él es hijo único, de temperamento dócil, introvertido, casi pusilánime. Rosa de carácter complementario al de Andrés, discutidora, activa, decidida
Completa el grupo familiar, la mamá de Andrés, su suegra, persona mayor, que ha quedado viuda joven, de carácter fuerte, que hace un verdadero oficio de la observación y crítica destructiva. Como es de esperar, ambas mujeres desde el primer día de convivencia comienzan a chocar. La mujer mayor, considera que su hijo es una víctima de su nuera.
Según pasa el tiempo, las relaciones se hacen insoportables. La anciana con gran placer, persigue y martiriza a Rosa, critica como se viste, como limpia la casa, como se peina y tiñe. De las amigas de la nuera, siempre emite un juicio descalificador.
Cierta noche que el matrimonio sale para una reunión social, la querida suegra despotrica por el vestido que lleva y sobre todo por el peinado y tintura, como nunca lo ha hecho, demostrando el tremendo celo que tiene por su nuera. Rosa no contesta al ataque, y con el rostro sofocado por la ira, toma a su indiferente esposo por el brazo y se retiran apresuradamente del comedor mientras la suegra queda hablando sola.
Una mañana fría de agosto, la suegra amanece sin vida, dejando el envase de su cuerpo que la cobijó más de ochenta años. Rosa tiene un dolor, una angustia, que roza a la desesperación, pues en el fondo de todo su sentir siente un alivio, que le parece inhumano.
Después de la primera semana, Rosa siente la presencia de la anciana, escucha los pasos por las habitaciones vecinas y su tos ahogada en el baño. En su “semisueño”, cree percibir la mirada de alguien al pie de su cama, luego un peso sobre todo su cuerpo, que casi la sofoca, que le impide todo movimiento, ahogando su voz, mientras la huesuda mano acaricia con cierta vehemencia su cabeza, hasta que al fin la sombra que la aplasta desparece. El pusilánime del esposo no cree todo este cuento y en un tono desacostumbrado le pide que no diga estupideces y lo deje dormir
Estos hechos se repiten dos o tres veces por semanas, pero una noche, Rosa, tratando de conciliar el sueño que ya le costaba mucho, vuelve a sentir el peso que la aplasta y con terrible pavor y gran esfuerzo abre los ojos y casi sofocada, pregunta muy tenuemente -¿Qué quieres? La mano huesuda acariciando y tirando del cabello hasta el dolor, acercando su espectral rostro, murmura a su oído con voz de ultratumba: -¡tu peinado y tintura dan asco, asco…, volveré todas las noches hasta que te lo cambies. Impresionada por esta comunicación, al otro día, Rosa decide cambiar el peinado y tintura, de acuerdo a como ella siempre le indicara que lo hiciera, y en una exclamación de agotamiento grita: ¡ni muerta me deja tranquila…¡
A partir de esa noche, Rosa no recibe nunca más la visita de su querida suegra
Que esto se crea o no, queda en cada uno, pero que hay suegras que tienen que quedarse si o si en el infierno, no hay dudas y a muchas nueras, ni dejarlas que se reciban de suegras.



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