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domingo, 15 de noviembre de 2009

María Celeste, por Rhut Miranda


Juega amigo juega siempre
arma tu castillo y llénalos de juguetes
de aquellos que disfruta
y te hace mejor gente

Es tu lugar, tu mundo
tu vida que defiendes
Fabrica tu universo
con pasado y presente

Un tal Neruda quiso
un mundo diferente
lucho con la palabra
un arma transparente
pero no olvido ese niño
que en un rincón de su alma
siempre estuvo presente

Jugo con mascarones
de bellezas intrigantes
y eligió una de ella
su nombre MARIA CELESTE
pequeña y deliciosa criatura
que un día de aquellos
quizás enamorado
su amigo camarada
quiso arrebatarle,
su nombre nada menos
Salvador Allende.

Cumplió con la consigna.
al confesar que ha vivido
tarea que muy pocos
lo logran plenamente


martes, 29 de septiembre de 2009

El robo, por Rhut Miranda


¿Este hombre que yo creía buena gente, era así o lo movía la intención de que al día siguiente mi presencia provocaría la risa o la mirada de piedad? De un salto me puse de pie, calcé mis chinelas y en pijama salí al pasillo, sigilosamente conteniendo la respiración, con una idea fija: descubrir a esa rata.

Me detuve, alcancé a divisar su figura, sus movimientos sospechosos, inquietos y su cabeza que giraba hacia la puerta que daba a un dormitorio. Oí un ruido de picaporte, me sobresalté y en un descuido desapareció mi presa.

Esperé paciente, en algún momento este sujeto tendría que salir. Mi deseo no tardó en cumplirse, pero mi asombro fue mayor cuando lo vi salir acompañado de una bella mujer cuya larga cabellera ondulante le tapaba sus hombros y la mitad de su cara.

Increpé al dueño de Las Tres Grullas reaccionando como un animal, descargando mi furia, le grité ladrón, traidor, simulador y lo arrinconé contra la pared queriendo ahorcarlo.

Perdón, perdón, escuché. Era la voz angustiante de esa mujer, que cubriéndose el rostro con sus manos lloraba sin consuelo.

Pero mi sorpresa no terminó ahí, levanté mi mirada, y extendiendo mi mano corrí su cabello que le tapaba el rostro al tiempo que descubrí un hermoso ojo color celeste como el mar que me miraba como reprochando mi actitud. A su lado, separado por una nariz, un hueco tan profundo como mi vergüenza.

La feligresa y su confesor, por Rhut Miranda


Padre quiero confesarme.
¿Qué te pasa hija?
Anoche estuve con un hombre en mi cuarto.
¡Hija!
Pero padre, fue un sueño.
Bueno eso no es malo, los sueños se disipan cuando sale el sol.
Padre al despertar lo viví como una realidad y su perfume perdura en mi dormitorio, mi cuerpo desnudo vibraba como una hoja y sus caricias y besos los sigo sintiendo ¡ay padre, perdón…¿se enoja si digo que me gustó?
Hija, tranquila ¿le viste su cara?
No padre, no pude distinguir su rostro, todo estaba muy oscuro.
Comparto tu angustia y quiero aliviar tu alma.
Padre, pregunto, ¿el diablo es capaz de hacer semejante travesura?
El diablo ronda el alma pura. ¿Por qué me lo preguntas?
No debería decirlo, pero al despertar con la entrada del sol en mi cuarto, vi al costado de mi cama una sotana y mi camisón y…sabe padre…su perfume olía como el suyo. Esto es obra del maldito diablo ¿no padre?
Hija, el diablo tiene tanto poder en la tierra como Dios, la diferencia está en el bien y el mal. Dame esa sotana y la tiraré a la hoguera, que esté contaminada por el demonio. Nosotros recemos treinta Padrenuestros y treinta Avemarías y que Dios tranquilice nuestras almas.

lunes, 18 de agosto de 2008

Un café y una historia, por Rhut Miranda



Despierto y pienso: me doy un baño y el desayuno lo haré afuera de casa, me gusta hacer todo con tiempo, eso me prepara para que el día se desarrolle en orden.

Después de ese baño tan rápido me visto, prendo el televisor, me fijo en la temperatura y me largo a la calle.

Lo primero que siento es el viento frío que me da en la cara, que me produce bienestar ya que mi cuerpo está cubierto con un importante abrigo.

Sigo mi camino y me detengo en el barcito que siempre frecuento. Tiene la calidez de lo viejo y de lo nuevo y en el ambiente se huele un aroma exquisito de buen café. Me encanta la gente que concurre.

Hoy como siempre tengo que esperar que se desocupe una mesa pero la espera vale.

Me ubico pido mi desayuno, saco un libro, no consigo concentrarme, me relajo y me detengo a mirar las distintas mesas. La mayoría están ocupadas por más de una persona. De pronto mi mirada se detiene en una señora de mediana edad, de rostro bien marcado; yo diría que muestra una vida muy intensa. Sus ojos están dirigidos a la puerta de entrada y ante ese marco aparece la figura de un hombre de tal vez, no más de años. Su presencia denota un aquí estoy. Alto, morocho, ancha espalda y un desafío en su mirada que me estremece. Sus ojos recorren el lugar y con pasos firmes se dirige a la mesa de esta mujer que es mi curiosidad; con un hola se sienta en la silla que lo está esperando y comienza una charla que a mi oídos son murmullo.

Pienso quién será este muchacho, tal vez un hijo que después de vivir una historia que su madre no aprobó vuelve a su encuentro. O el novio de una hija que a criterio de su madre no era lo mejor, o por qué no un hijastro que reclama la herencia de su padre muerto.

Pero una voz angustiante me despierta ante estas conjeturas.

Por favor mi amor no me pidas no verte. Mi cabeza es un signo de pregunta, pero la voz de este hombre resuena con furia. No me pidas lo que no hemos convenido. Vos sabías que soy casado, tengo hijos y tengo que proteger a mi familia, los chicos no tienen que sufrir. Su tono se hace cada vez más tenue hasta que en un momento lo único que se escucha es el barullo de las vajillas, pero los movimientos de sus brazos y manos son constantes. Desvío por un momento la vista, tal vez por temor a ser descubierta y al volver mi mirada al lugar, los personajes de esta historia ya han desaparecido.

En el ambiente queda un silencio que duele.

¿Qué pasará con esta mujer que tiene la osadía de tener un romance con un muchachito que podría ser su hijo? Qué pasará con este joven que después de enamorar a esta mujer que podría ser su madre, vuelve a su hogar con la arrogancia de la fuerza que dan los pocos años.

Sólo ellos le darán a esta historia el verdadero final. En mí queda la duda. Pero prefiero dejar volar mi imaginación.


Rhut Miranda

lunes, 14 de julio de 2008

La mesita de luz, por Rhut Miranda

Nunca hubiera imaginado que mi amiga Teresita me visitara en una tarde tan lluviosa.

Al oír el teléfono me pregunte ¿quien será? y lo voz de Tere me sonó extraña.

Rhucita tenés algo que hacer? mi respuesta fue ¡no! y quedamos que a las quince y treinta horas estaría en casa. Lo primero que pensé fue hago una torta negra que sé que le gusta y preparo el termo para tomar unos mates; lo único que faltaba era esperar .Su llegada como siempre, puntual, quince veinte horas.

Nuestra amistad no es de todos los días pero estamos cuando nos necesitamos. Hoy no seria diferente. Después de charlar de nuestra familia, Tere me contó que tenía el casamiento de una amiga de su hija y que no tenía ropa adecuada para esta ocasión.

¿Te acordás de esa modista que siempre te cosía? ¿no cobraba mucho verdad ?.

Ay Tere… eso es de hace tanto tiempo! Pero dejáme pensar, yo tenía una libretita donde había anotado su teléfono, si me esperás un rato te lo busco.

Mi amiga dio un salto de la silla y dijo te acompaño.

Mi mente empezó a trabajar a mil ¿donde estará esa libretita?

Empecé por el primer cajón de la cómoda que era el lugar donde yo pensaba que podía estar (ahí no estaba) de pronto la voz de Tere que me dice ¿no estará en la mesita de luz?

Sentí ganas de salir disparando. Mi mesita de luz cumple en mi vida la función de tener todo a mano.

¡Pero Tere… mirá si va a esta allí! ¡Ese no es el lugar! Pero mi amiga insistía: “No seas terca”.

No había escapatoria y no tuve más remedio que abrir el cajón Yo sabia lo que me esperaba. Lo primero que apareció fue la caja de caramelos Sugus, el algodón con la crema que uso todas las noches, paracetamol por algún dolor que pueda aparecer , los recortes del diario especialmente los de Candi, una tijerita, espejo, pinza de las cejas que tantas veces me saca de apuro, las biromes para anotar algunas recetas, la revista de multicanal donde eligo el programa del día, hebillas con las que me recojo el cabello, un libro de Bucay ,”De la ignorancia a la sabiduría”, que según mi yerno Calixto es una mierda. Debido a eso me prestó “Más Platón y menos Prosac” (Merinof) , me cuesta aplicarlo, pero me sirve para enseñar a los demás .

Bueno, todo esto, en un cajón de cuarenta por treinta por ocho centímetros de altura. Realmente es un milagro que entre todo allí.

Avergonzada miré un instante a mi querida amiga y le dije: Mañana lo ordeno.

Por supuesto, la libretita, no apareció.


Rhut Miranda