viernes, 18 de julio de 2008

El Negro, por Dante Cacchione



Como todos los sábados ingreso al predio del Club Universitario y cómodamente sentados en el bar del mismo, ya están esperándonos los compañeros tempraneros, que con efusivas manifestaciones de saludos celebran nuestra llegada.

Esta cita sabatina, se viene realizando por casi treinta años con integrantes originales, con incorporaciones y deserciones posteriores y en el balance general, indican disminución de integrantes con el tiempo, pero de ninguna manera cambian la ideología y sentido de la reunión, realizar el famoso “fulbito,” porque todos somos fervientes practicantes de este deporte. Aunque el club sea de rugby, es la excusa de la otra reunión de fondo, donde en ruidoso coloquio, volcamos al grupo un poco de alegrías, chanzas, tristezas, proyectos de nuestras vidas, y en ese momento olvidamos el frenesí desbocado de afuera, recibiendo nuestros espíritus pequeños estímulos que nos permiten, momentáneamente, aflojar las tensiones a que la rutina nos somete..

De pronto detenemos nuestra cháchara y dirigiendo la vista casi al unísono hacia el ingreso apreciamos la entrada del Negro, que con paso cansino y una sonrisa esbozada en sus labios, se acerca a nuestras mesas levantando su brazo en señal de saludo, y con un ¡hola! humilde, poco expresivo, y con el otro brazo apoyado sobre el hombro del compañero cercano, da por terminado el protocolo. Se sienta y el grupo reinicia la ágil charla mientras el Negro, con bajo perfil, conversa con su inmediato vecino mientras le pide al mozo el clásico café.

-Negro, lo interpela uno de los presentes, jugás o simplemente serás referee, como el sábado pasado, ¿ no estás mejor? – Mira, no me siento para correr, haré de referee- le contesta.

El grupo se dirige a los vestuarios, pero tanto él como yo, venimos ya cambiados, de manera que nos dirigimos a la canchita esperando al resto. -¿Te das cuenta Negro los años que venimos cumpliendo con este rito que se nos ha integrado a nuestras vidas, como el barrio donde vivimos, los viejos vecinos, el bar de Blanco, los tangos, el cine de barrio?.

El Negro, haciendo honor a su parquedad, y mirando al piso como si estuviera meditando me responde: - “Mirá Inge, eso que decís sobre el tiempo que venimos, es simplemente porque somos esclavos de la rutina, y si ella pone algún color a nuestras vidas, se eterniza, hasta que alguna razón le pone fin a esas vidas”. Me quedan esas palabras como premonitoras de algún futuro que hasta allí no interpreto. La conversación cesa, mientras observamos en la cancha vecina un encuentro de rugby y del cual él hace finas expresiones jocosas sobre ese juego de tanto roce.

Llegan el resto de los jugadores, se decide entre chistes, gritos, insultos, la selección de los dos equipos. El Negro mira con su rostro inescrutable, hasta que con un esbozo de sonrisa expresa:-“¡Qué pedazos de pelotudos!” y deja allí su decir. Se aproxima uno de los seleccionadores: -Negro, tomá el pito, pero como siempre tendrás que aguantar algunas puteadas, que es parte del folclore de esta reunión.

Comenzamos el juego y él se ubica en el centro de la cancha, desde donde controlará el partido pues es evidente que tiene dificultad de desplazamiento, situación que aumenta con el tiempo. Tiene una prótesis en una cadera y artrosis en la rodilla de la misma pierna, pero nunca le he oído exclamar una queja o impotencia por el dolor y desde mucho tiempo viene jugando en esas condiciones.

En un determinado momento, a unos metros de mi posición cae, sin que nadie lo toque. Lamentablemente no puede levantarse y nos acercamos para ayudarlo. No hay ninguna exclamación de queja, de fastidio, solamente su brazo izquierdo que pende como si no perteneciera al cuerpo. Sin agregar palabras comienza a retirarse acompañado por varios de los compañeros presentes. En mi ignorancia, antes de retirarse, le pregunto:

- Negro, seguramente un pinzamiento en las vértebras cervicales te produjo ese efecto en el brazo.

Lacónicamente me contesta: - No Inge, es otra cosa. Otra cosa…de la cual él ya está enterado. A partir de ahí, nunca más vuelve a la canchita de UNI.

Cuando pasado el tiempo nos enteramos de su mal, todo el grupo, individual o colectivamente intercambiamos correos electrónicos donde la ironía, la jocosidad, las cargadas, son el fondo de la argumentación y que él contesta de igual forma, sin hacernos partícipes del terrible drama que lo aqueja.

El 31 de mayo de 2007, tengo el triste honor de recibir la última contestación a mi correo del día 29, a pocos días de su fallecimiento. Un envío donde le digo: - Negro, el “fulbito” de UNI se va terminando, ya no vienen algunos fundadores, la renovación es pobre, otros no cumplen con asistencia regularmente.

En esa respuesta me dice, con la ironía característica de su personalidad reflejada en sus cuentos:

“ESTIMADO INGENIERO: TENGO LISTA MI COLABORACION MONETARIA PARA EL FINANCIAMIENTO DEL PANTEÓN DE LOS HÉROES FUTBOLEROS. RECOMIENDO QUE NO SE ESPERE LA DESAPARICIÓN FISICA DE ALGUNOS DE ELLOS PARA METERLO ADENTRO DE LA OBRA. SUYO.

“El NEGRO”

¿Quién, con su estado de salud hubiera tenido la fuera espiritual de mostrarse íntegro, sin problemas, y siguiendo el ritmo de la vida, evitando transmitir el peso de su tragedia a los que lo rodeaban? Entiendo que sólo un grande puede hacerlo, y él lo hizo, tanto en la vida como en la muerte.

¿Es necesario dar el apellido del Negro?


Quiero agradecer a mi profesora del Taller Literario, Virginia Guida, que en la clase del 15/7/08, con su consigna “Creando Personajes” fue el detonante para expresar del querido Negro, no una creación literaria, sino el recuerdo de una vivencia común con este gran amigo.

Dante Cacchione


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